Los relojes de pared son los verdaderos patriarcas de la relojería doméstica.
Antes de que el reloj fuera un accesorio individual y portátil (de bolsillo o de pulsera), el reloj de pared era el corazón tecnológico del hogar, el eje sobre el que giraba la rutina de toda la familia y un símbolo de estatus social.
A diferencia de los relojes de pulsera, donde el espacio está limitado al milímetro, el reloj de pared juega con la ventaja del espacio, lo que ha permitido a los artesanos e ingenieros a lo largo de los siglos crear soluciones mecánicas fascinantes.
En la relojería mecánica de pared existen dos formas principales de almacenar la energía para hacer funcionar el mecanismo:
Por Pesas
(Gravedad):
Es el sistema más antiguo, puro y preciso.
El reloj funciona gracias al peso de unos cilindros de metal (hierro, latón o plomo) suspendidos por cables o cadenas.
La fuerza de la gravedad tira de ellos hacia abajo de forma constante, moviendo el tren de rodaje.
Cada pocos días (normalmente 1 u 8 días), hay que tirar de las cadenas o usar una manivela para volver a subir las pesas.
Por Muelle Real
(Cuerda):
Al igual que los relojes de pulsera, utilizan un muelle de acero templado enrollado dentro de un barrilete.
Se les da cuerda introduciendo una llave en unos orificios (bocallaves) situados en la propia esfera.
Son cajas más compactas porque no necesitan espacio inferior para que bajen las pesas.
El gran avance en la precisión de los relojes de pared llegó en 1656, cuando el científico holandés Christiaan Huygens aplicó las teorías de Galileo Galilei para inventar el reloj de péndulo.
El péndulo actúa como el órgano regulador (el escape).
Su genialidad radica en el isocronismo:
el tiempo que tarda el péndulo en oscilar de un lado a otro depende casi exclusivamente de su longitud, no de la amplitud del balanceo ni de la fuerza de la cuerda.
Para adelantar o retrasar un reloj de pared mecánico, se gira una pequeña tuerca situada en la base de la lenteja del péndulo para subirla o bajarla milimétricamente.
El reloj de pared ha evolucionado adoptando formas icónicas según la región y la época:
Nacido en el siglo XVIII, es una obra maestra de la artesanía en madera.
Utiliza un sistema de pesas con forma de piña y un mecanismo de fuelles que imita el canto del pájaro. Es el reloj folclórico por excelencia.
Típicos del siglo XIX (época de Napoleón III).
Tienen una caja circular u ovalada, a menudo de madera lacada en negro, incrustaciones de nácar y una gran esfera de porcelana. Suelen colgar de un marco de madera que esconde el péndulo.
Eran los relojes de alta precisión del siglo XIX. Con cajas esbeltas de madera y cristal, utilizaban péndulos muy largos y pesas.
Eran tan precisos que las estaciones de tren y otras relojerías los usaban como "patrón" para poner en hora los demás relojes.
Con la llegada del siglo XX y la industrialización, el reloj de pared se simplificó.
El diseño clásico de estación (como los famosos de la casa Mondaine o los relojes industriales de hierro) priorizaba una esfera blanca limpia, números negros enormes y agujas muy contrastadas para ser leídos a decenas de metros de distancia.
Hoy en día, la inmensa mayoría de los relojes de pared domésticos utilizan movimientos de cuarzo alimentados por una pila AA.
Sin embargo, dentro del cuarzo moderno hay una distinción clave que cambia por completo la experiencia en casa:
El segundero avanza un golpe cada segundo, produciendo el clásico e implacable "tic-tac". Puede resultar entrañable o una pesadilla nocturna si está en un dormitorio.
El motor mueve los engranajes de forma fluida y continua, por lo que el segundero se desliza sin detenerse (como en un reloj automático).
Son completamente silenciosos, ideales para despachos, bibliotecas o dormitorios.